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25 de julio del 2017
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 Memòries de la Costa Brava  
   ISBN 84-934577-0-1  
  Editorial:
Lupita Books, S.L. Barcelona

Una edad de oro, un paisaje de gloria


Dicen que el origen del nombre de Costa Brava es confuso y que infinidad de leyendas se lo atribuyen. Pero no es cierto, el nombre, como reza en una placa de la ermita de Sant Telm en Sant Feliu de Guixols se debe al escritor catalán Ferran Agulló que así lo llamó una vez meditando, supongo, sobre la encrespada costa que recorre estas 80 millas náuticas, convertidas hoy en el corazón de un turismo que cambió las costumbres, los medios de subsistencia e incluso la forma de ser de los habitantes de sus pueblos y ciudades.

La estructura de la Costa Brava, desde Blanes, la gran concentración que la limita por el sur hasta los pueblos cercanos a la frontera de Francia como Potbou o Llançà por el norte era, antes del turismo y desde tiempo inmemorial, siempre la misma: ciudades retiradas al interior que funcionaban como centros urbanos y comerciales de otros comunidades mucho más breves dedicadas normalmente a la pesca que vivían en pequeñas casitas, en barracas, hechas con las piedras del color de su propia tierra hasta que a algún aficionado a lo folclórico se le ocurrió encalarlas. Así es que antes de crecer por el turismo, todos estos pueblecitos de casas bajas apiñadas unas contra otras como para protegerse de los golpes de mar y de tramontana, eran casi invisibles desde el mar, confundidas con la tierra y escondidas por la vegetación. Cadaqués era el color de sus piedras, gris, casi negro, y más al sur, Calella y Llafranc, tenían el color tostado que aún hoy algún aficionado a lo pretérito recupera con el famoso caparrós, que da este tono tostado tan bello como el siena de los pueblos de la Toscana, y festoneando la costa, la bella costa de calas y promontorios poblados de pinos unos, desolados por el viento más al norte, los puertos de mar algunos de los cuales fueron en tiempos antiguos, no sólo puertos de pesca como son hoy sino verdaderos puertos desde donde partían las naves a Barcelona, a Mallorca e incluso a América. Cuando yo llegué a Cadaqués en la primavera de 1959 entre los pescadores que tomaban un café o un cremat en el bar Marítim, había uno cuyo nombre no recuerdo muy mayor ya, que había estado en Buenos Aires pero que ni una sola vez había recalado en Barcelona ni en ningún otro puerto de la península ni en Sant Feliu, La Escala, o Palamós, Blanes incluso.

Pero esto era antes. Hoy aquellos pueblecitos de pescadores están ocupados por compañías de turismo o propietarios que viven en las ciudades y las barracas de pescadores se han convertido en bares abiertos toda la noche en los dos meses o dos meses y medio que dura en estas tierras la temporada. Los puertos de mar se siguen dedicando a la pesca pero apenas al comercio autóctono que también y en buen aparte ha desaparecido de la costa, dedicado ahora casi todo el tiempo a las necesidades básicas de estos dos meses de aglomeración de coches y gentes que al parecer bastan para mantener el nivel de vida de sus habitantes.

Antes, antes de la guerra civil, y en las dos primeras décadas de la posguerra casi no había turismo tal como lo entendemos hoy. Había viajeros que recorrían lugares desconocidos por los habitantes de las grandes ciudades, gentes que se consideraban aventureras, fuera de lo común, intelectuales y artistas o extranjeros que venían a descubrirnos lo que teníamos pero no valorábamos. Los veraneantes eran pocos, algunos vecinos de las ciudades del interior, como Palafrugell, Castell D'aro, Castelló d'Empuries, la Bisbal d'Empordà o Figueras o gentes de las grandes ciudades Girona o Barcelona pero que no se consideraban "la gent de seny" sino la "gent de la rauxa". La "Gent de seny" veraneaba en el Maresme, Caldetas o El Masnou, o en los pueblos sobre el mar que eran los que tenían más predicamento, Tiana, Teyà, Vilassar de Dalt, Sant Andreu de Llavaneras, o en la costa sur de Barcelona, en Sitges, pueblos que todavía hoy conservan esos palacetes deliciosos o grandes casas majestuosas con remembranzas modernistas y jardines rodeados de palmeras y hortensias y suelos con guijarros que gemían bajo los pies de los visitantes.

La primera vez que fui a la Costa Brava me contaron que aquella costa la había puesto de moda, o mejor la había dado a conocer una actriz Madeleine Carroll que se había comprado una casa en Playa de Aro, aunque me parece que más fama le dio a la costa la película con aventura amorosa incluida que realizaron en Tossa de Mar Ava Gardner y nuestro galán nacional Mario Cabré.

Eran los años cincuenta y yo apenas había cumplido los 15 años: Playa de Aro, la playa de Santa Cristina de Aro, el lugar donde nos alojábamos en aquellos días en que nos llevaron de excursión, era una inmensa playa que no tenía más que un par de edificios y unas casitas de pescadores medio escondidas en la arena, pero no recuerdo que hubiera gente bañándose. Teníamos la extraña sensación de que estábamos solos en aquel mundo que tan poco tenía que ver con el cotidiano del internado. El mar, llano como no lo había visto jamás, era de un azul cristalino y la transparencia del agua sólo comparable a la que años más tarde disfrutaría en las calas al norte y sur de Cadaqués ciertos días gloriosos que guardo incólumes en la memoria. Cuando volví a Playa de Aro a finales de los sesenta, para asistir a la inauguración de Madox, una disco junto al mar, innovadora donde aquel día cantaba Antonio Gades, me fue imposible reconocer el lugar. Era otro, con calles mal asfaltadas, infinidad de edificios de apartamentos, pequeños rascacielos rodeados aún de viejas casas que no tardarían en ser vencidas, coches hasta donde alcanzaba la vista, y los pinos hasta el mar sustituidos por incipientes jardines rocosos, y lánguidos sauces llorones.

Otra versión más británica del descubrimiento de la costa Brava me la dio hace unos años un inglés, Toni Grigg cuyo abuelo que era en aquellos momentos Gobernador de la Kenya del Imperio, había mandado construir hacia 1917 una casa en el más puro estilo de Surrey en la escarpada costa de Llafranc a Tamariu en pie todavía hoy, que sigue llevando el nombre de "La musclera" y que en primavera llenan de azul su bella fachada británica unas inmensas glicinas que debieron plantar también a principios de siglo XX. La casa se levanta altiva sobre el mar que tiene a sus pies y la vista hacia el norte y el sur es tan espectacular que uno tiene la impresión que sobrevuela el horizonte desde la terraza en las alturas de la bella mansión británica.

Cadaqués también tuvo sus veraneantes mucho antes de que llegaran los autocares de turistas locales y domingueros atraídos por la fama que adquirió ya en los años setenta. Eran gente que llevaban años yendo a aquellos parajes singulares para lo que se necesitaban desde Barcelona por lo menos cuatro horas de viaje hasta llegar a la subida al Monte El Paní y la misma ruta de bajada en lo que se tardaba por lo menos otra hora u hora y media. Pero la vista era tan singular, tan sorprendente que se olvidaba el tiempo mientras poco a poco iba surgiendo la belleza de la gran cala de Cadaqués, con el Cucurucú al fondo cerrando la bahía. Recuerdo entre otros a los Rivière de la isla, amables y convencionales, los Bossoms que vivían en las escaleras "d'en Bufa" en el Port Ditxós; los Cendrera también en el Port Ditxós; los Cánovas propietarios de la barca Massa d'Or y de una línea de barcas pintada la borda con franjas naranjas y verdes, todas ellas construidas por Nadal, el último calafate de Cadaqués; los Villavechia de Port Dugué; los Rivière de la Isla; los Escofet de la platja dels Caials; los Pitxot, familia de pintores, en la Conca; los Sagnier del Colomá; Jip Baladía y las Moritz de la playa de la Arenella; los Zariquiei del Ros; los Salisachs del Llané, un restaurante donde el famoso Marmaneu hacía unas paellas inolvidables que se tomaban después del baño en la terraza; los Pallejà y Cecilia y Alfonso Milá, en la calle de la rectoría, y sobre todo Pepe Bofill Laurtí, una de cuyas hijas, Rosa, cada 30 de agosto, el día de su santo, ofrecía al pueblo unos fuegos artificiales que atravesaban con sus luces y estallidos el mar desde su casa hasta la playa del Sortell y la punta de la Conca. Vivían todos conociéndose desde tiempo inmemorial entre atenciones y reproches como ocurre entre vecinos bien asentados en sus lugares respectivos, se pasaban unos a otros cestas llenas de pescado que les traían sus respectivas barcazas, y se relacionaban con mesura pero con respeto y cariño.
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Yo misma había ido con mis padres a pasar los dos primeros veranos de mi vida al Port de la Selva, un pueblo lleno de intelectuales y artistas, como todos los que en aquellos años se atrevían a pasar el verano más allá del Maresme, la mayoría de los cuales tuvo que exiliarse por la derrota de la República, y para morir mucho antes de que les permitieran volver a su mar azul batido por la tramontana y a sus tertulias en el café de la playa y el Hotel Durán.

Dalí cuya familia radicada en Figueres veraneaba en Cadaqués y Buñuel invadieron el pueblo durante dos semanas en los años veinte para rodar Le chien andalous. Muchos años después, en los sesenta, todavía había quien había hecho de extra en aquella película cuyo rodaje debió revolucionar un pueblo no acostumbrado a ver extranjeros, y uno de ellos contaba que Pepet, un hombre malhumorado, reconcentrado y que andaba siempre con una colilla colgándole de la boca, fue requerido por Buñuel para un breve papel de extra. Lo sentaron sobre un poyo, le indicaron cómo tenía que estar, le dijeron que su papel consistía en esperar a que llegara otro comparsa que le preguntaría alguna cosa, por ejemplo, le decían para que entendiera bien, "No has pas vist a la filla de la Joana?" i que él tenía que limitarse a levantar la mano y señalar en una dirección como diciendo, "por allí se fue". ¿Entendido? ¿Sí? ¡Atención! ¡Se rueda!. Pepet estaba inmóvil y apenas miraba al hombre que se le acercaba, sólo levantó la vista cuando él le preguntó "No has pas vist a la filla de la Joana?" Entonces le dedicó un gesto de supremo desprecio y le replicó con un displicente "¡A mí que cony m'expliques!"

Las gentes de la Costa Brava son así, eran así por lo menos. Independientes de criterio y de actitud, difíciles de convencer, agarrados a su modo de vida del que poco a poco fueron apartándose cuando comenzaron a llegar los turistas en busca de sol y de mar, con sus bolsillos llenos de monedas y sus costumbres de una libertad no mayor, pero sí distinta a la que ellos conocían y practicaban. Vinieron los turistas y tras ellos los ricos de la ciudad para comprar tierras junto al mar, tierras, es decir playas, que hasta entonces en un alarde de herencia igualitaria los padres dejaban a sus hijas, reservando los olivares, las viñas, las huertas de tierra adentro para los hombres de la casa. Más de una familia se rompió, en estos primeros años sesenta, al no aceptar que la suerte hubiera cambiado de sexo y no conseguir los hombres retroceder la herencia para que siguiera favoreciéndoles a ellos como había sucedido desde el principio de los siglos.

Fueron años de mezclas nunca vistas hasta entonces, mezclas de colores y formas, como la mezcla de las aguas de dos ríos que han de fundirse en uno solo y que durante muchas millas todavía conservan cada uno la temperatura que le es propia y el color, azul grisáceo el río de montaña, y verde oleoso el que serpentea por la llanura.

Comenzaron a desaparecer de las playas las casetas de rayas blancas y azules que se montaban en los veranos para los pocos bañistas que iban a los baños de mar quizá porque se lo había recomendado el médico, y comenzaron a poblarse las grandes playas de las calas confundiéndose las primeras bañistas con bikini con los pescadores que cosían o secaban las redes y los turistas británicos que ni bajo el tórrido sol de agosto perdían la compostura con las monjas cubiertas de hábitos y de tocas voladoras. En las desembocaduras de los pocos ríos que hay en esta costa las mujeres seguían lavando la ropa sobre las losas mientras a unos cientos de metros más allá las poderosas nórdicas mostraban a los nativos sus cuerpos largos como cipreses. La iglesia defendía en vano su territorio amenazando por el pecado con la muerte del alma a las muchachas que, ajenas a los sermones y a la vida eterna, querían comprobar si también ellas podían ser como las suecas o habían de conformarse para siempre con el rostro cansado y las manos enrojecidas de las lavanderas. Junto a ellas la benemérita con su tricornio de charol y arrastrando su leyenda, ofrecía una vigilancia sobre todo de la moral y multaban si se terciaba a quien llevara un traje de baño que a sus ojos o a los de los que les habían dado las normas, no les parecía decente. Mosén Ceferino, el ínclito párroco de Cadaqués, resistía los embates eróticos de las turistas y luchaba con ellas lanzándoles botellas vacías desde la terraza de su casa, sobre la playa y el mar, para escándalo de las extranjeras que no podían comprender a qué clase de amenaza habían de responder. Y con las nativas que los domingos todavía asistían a la misa de diez o de doce era de una exigencia insólita, porque en el quicio de la puerta de la iglesia se agachaba y les tocaba las piernas una a una para convencerse de que por transparentes que fueran llevaban medias y no entraban con las piernas desnudas en la casa del Señor.

Porque en España, Catalunya, la Costa Brava las gentes eran, y continuaron siendo durante algún tiempo, católicas fervientes, no tal vez de convicción sino por costumbre, por educación y ¿por qué no? por ese miedo difuso que nos recorre el alma cuando hemos de quitarnos la vestimenta que hasta ahora creíamos que nos protegía. En las calles, junto a las ristras de plátanos y a los anuncios de festejos, se colgaba en las tiendas los horarios de las misas, horarios imposible hoy día que las vocaciones han mermado hasta extremos intolerables para los creyentes, que comenzaban a las siete de la mañana y se prolongaban hasta las ocho de la noche, la misa más celebrada, la más solicitada, la más adecuada a la fiesta. Y las novias paseaban por el pueblo camino de la iglesia ante la mirada sorprendida y un poco jocosa de Rotllán, el encantador carpintero de Cadaqués, que deslumbrado por una moto de reciente aparición había detenido la atención en el motor para dedicársela por un instante a ella. Y junto al mar que se iba llenando de barcas amarradas a las paredes de la Riba o fondeadas con el "muerto" en medio de la bahía aparecía una procesión con sacerdotes vestidos con roquetes, birretes en la cabeza, incienso en las manos, para celebrar una fiesta y conjurar los males que había traído el turismo, la libertad de costumbres, la apertura de las fronteras y el abandono del temor de Dios.

Pero de poco sirvió que prohibieran bailes y películas, que se desgañitaran en los púlpitos contra los peligros de la promiscuidad, que adujeran, como siempre habían hecho, motivos de salud del cuerpo para salvar la salud del alma. Los fieles sin atender a razones bajaban al mar a descubrir un mundo de felicidad que de todos modos, se decían, respondía a las ansias y deseos de su naturaleza que Dios mismo había creado.

Aparecieron inmediatamente los especuladores cuyos sus rostros teñidos de ambición se transformaron en los más horribles edificios que esta costa no merecía, o en los chalecitos de los nuevos ricos que presumían de modernidad junto a las casas de pescadores que mantenían la solvencia de su quehacer y de su historia, aunque acabarían desplomándose todas bajo el peso de los constructores y de sus casas de "geómetra", como las llamaba Ricardo Berla.

Aquellas costas desiertas, aquellas playas inacabables, aquellas calas escondidas sombreadas por pinos mediterráneos o troncos de árboles centenarios plateados por el tiempo y las tormentas, que habían resistido todos los embates del agua y de la sal, comenzaron a llenarse de multitudes ansiosas por descubrir una vida al aire libre en la que no habían pensado jamás, y por mostrar a los suyos, a sí mismos, lo que eran capaces de hacer y de crear con su libertad cuando el tiempo había dejado de ser la búsqueda de alimento, cuando habían huido de las persecuciones de que fueron objeto generaciones anteriores, cuando aprendieron a reírse de los candados de la moralidad que la iglesia había cerrado sobre las conciencias con el beneplácito del dictador y de sus secuaces. No era el cielo límpido de la democracia aún, pero se abrían claros entre las nubes que dejaban ver el fin de la ignominiosa dictadura, del miedo, del sopor. Lejano aún, es cierto, pero había en la brisa del mar, en los cuerpos desnudos, en los bailes hasta el amanecer, en las guitarras y las canciones una esperanza que proclamaba a los cuatro vientos que había llegado la hora de prepararse, de aprender a buscar, a protestar, a exigir, y sobre todo a transgredir. Y la trasgresión, ya se sabe, como dice la canción, no tiene regreso. Así que poco a poco las playas dejaron de ser desiertos y con la rapidez de las setas tras el chaparrón aparecieron cafés y cafeterías en los bajos de las casas en construcción, y junto a la iglesia alguien montó una tienda de ropa que no era aún psicodélica pero se le acercaba mucho, con altavoces atronadores que esparcían por el aire melodías desconocidas hasta el momento, y por las noches los descampados se llenaban de espontáneos que en torno a un fuego y el mar cerca, cantaban y bailaban y bebían hasta el amanecer. Los mercados semanales que habían vestido a generaciones de pescadores montaban sus tenderetes ahora para los turistas y nativos ansiosos por imitar una forma de vestir que los descabalgaba de las convenciones, comenzaron a verse anchos pantalones de sarga, camisetas azul marino como las que los pescadores habían usado siempre, y conocieron un esplendor que no habrían podido soñar ni en sus momentos de mayor optimismo porque no daban abasto a mostrar unas ropas a los antropológicos visitantes, bajo la mirada atenta y sorprendida también de los guardias civiles, estampas de verde y charol en aquella sinfonía de colores que a su modo también comenzaban a romper con los grisáceos y oscuros de las desvaídas aguas de una posguerra que tocaba a su fin.

Pero hay algo distinto en esta costa, algo que tiene que ver con la luz, con la excitación que produce la belleza, con el salitre del mar o con los vientos que trastornan el pensamiento y la mente hasta llevarlos a extremos de inspiración, doméstica si se quiere, pero inspiración al fin, que atrajo a escritores, pintores, arquitectos, cineastas y sobre todo fotógrafos para descubrir enmarcando con su lente los paisajes y las gentes, este mundo que comenzaba a bullir.

Los dos grandes polos de atracción podrían definirse sobre todo en los dos aspectos que tiene más diferenciados la Costa Brava que aunque dispone en general de un mar amable y azul que se extiende desde más al norte del Cabo de Creus, donde las montañas negras se levantan imponentes sobre el mar, hasta las playas y calas más benignas y doradas al sur del Golfo de Rosas, los puertos de mar y las antiguas cabañas de pescadores convertidas ahora en pueblos que no han sabido conservar el color de la piedra en que fueron construidos, dibujan entre los dos polos uno de los límites civilizados del Mediterráneo.

Detrás de las cadena de montañas que recorre la costa, altas y majestuosas en el norte como estribaciones de los pirineos, o el paisaje de colinas más benignas del sur, la tierra está cubierta de encinas y pinos, en valles minuciosamente cultivadas donde crecen higueras, olivos, chopos, almendros, mimosas y retamas, y se levantan contra el viento las barreras de cipreses.

Pero en el sur, desde el Golfo de Rosas hasta Blanes, las playas son recoletas y de arenas doradas, jalonadas las minúsculas calas por riscos altísimos que se cierran sobre ellas coronados de pinos. Paisaje amable de grandes contrastes, con los cielos movidos, vientos más tenues que en el norte, costa abrupta, y un tanto escabrosa, con rocas que caen en picado sobre el mar y una vegetación escorada por la tramontana. En esta parte de la costa, si exceptuamos los atronadores levantes de la entrada del otoño y del norte que invierte el sentido de las olas, los vientos afectan poco la mar que está calmada al alba casi todos los días y se va rizando conforme el sol avanza. De vez en cuando, a mediodía, baten las olas contra los acantilados por la garbinada que al anochecer se va a dormir y algunos días calurosos del verano la alborota el poniente que sopla seco y polvoriento hasta que amanece.

Las mujeres y los hombres que habitan esta franja de tierra son peculiares, animosos y fantasiosos como la gente de mar y al mismo tiempo reservados y conservadores como los de tierra adentro; afables e irónicos, les gustan los contrastes, comen pollo con langosta, oca con nabos, cerdo con ciruelas y butifarras dulces, alternan desaforados carnavales con protocolarias ceremonias religiosas, son liberales por tradición y por tradición también conservadores, de naturaleza escéptica y un poco desconfiados de carácter guardan siempre las distancias pero cuando quieren otorgan con la mirada y la palabra escasa una amistad de tal solvencia que ni los años ni las ausencias le podrán quitar una gota de solidez.

Esta es una de las dos zonas que atrajeron en los años sesenta a innumerables artistas que se vincularon a las poblaciones de Calella, Llafranc, Palafrugell, Begur y las playas adyacentes, particulares que se instalaban en los hoteles y las casas y propiedades, pero de una manera mucho más clara y mucho más influyente en toda la zona de Palamós y sobre todo Playa de Aro que supusieron de verdad una revolución en la forma de actuar, ya no de una minoría, sino de un grupo de gente que cada vez se acercaba más a la masa de ciudadanos y turistas.

El otro centro de atracción fue mucho más al norte en torno a Cadaqués el pueblo que a mi me parece aún el más bello del mundo. Reconozco que cargo en la afirmación la memoria de veinte veranos, tal vez los más hermosos de mi vida, en que descubrí la belleza de un aire diáfano, me emborraché de los azules del mar y aprendí a dejarme mecer por el rumor de las minúsculas olas que rompían sobre los guijarros bajo mi balcón. Recuerdo aún la primera vez que llegué a Cadaqués y en la primera curva que desciende hacia el pueblo lo descubrí bordeando la costa de rocas negras y acantilados. El mar infinito desde aquellas alturas y las casas aglomeradas formando callejuelas que ascendían hasta la iglesia me quitaron, y aún me quitan hoy, la respiración.

Es evidente que la geografía interviene en la forma de ser de los habitantes de un lugar. Y más aún si es tan peculiar como Cadaqués, con su historia desgajada del entorno porque, aislada por altos montes, durante siglos tuvo defenderse sólo de los piratas y los invasores. No es de extrañar pues que sus habitantes hayan desarrollado una personalidad independiente, creadora, original y extraordinariamente irónica, y aún hoy, invadido por el turismo, sigan su camino como si quisieran y pudieran detener los embates de una forma de vivir acelerada que exige rendimientos económicos inmediatos y que confunde la memoria y la tradición con el folclore. Sin pretenderlo siquiera, Cadaqués sigue siendo un lugar distinto de los demás lugares de ocio y turismo.

Porque han pasado los años y ya no hay piratas de los que defenderse, se ha solucionado el problema del agua que durante generaciones obligó a las mujeres a ir a la única fuente de agua no salada cada vez que tenían que hacer la colada o al Alcalde a alquilar un barco que pintado de rojo y azul llegaba al amanecer de San Pedro Pescador cargado de agua. Ya nadie trasiega cántaros ni bombonas de butano sobre la cabeza, ni los pescadores matan las horas en el Café Marítim fumando esmirriados caliqueños y tomando café con ron, ni mucho menos el cura persigue suecas esculturales en bikini para arengarlas en la calle. No, ahora el turismo llena el pueblo ante la mirada indiferente de los nativos, los burgueses de la ciudad han remodelado las viejas viviendas estrechas como pinceles que se apretujan en las callejas, aunque siempre queda un rincón para los ciudadanos del mundo que buscan una forma de vida alternativa. Y sin embargo la luz que durante generaciones intentaron plasmar en sus telas decenas de pintores sigue asombrando las retinas cuando un golpe de tramontana mueve los obenques de las embarcaciones y juega a llevarse toallas de la playa y las sillas del paseo. El amanecer, tras una noche de viento de mar, húmedo y viscoso, deslumbra aún a los trasnochadores que ven salir las barcas hacia el mar como si fueran de juguete, y las sombras y las luces que se hacen y deshacen en reflejos sobre el agua siguen formando la corona mágica que hermana las casas con olas en un rumor diáfano y musical que deja al viajero sin aliento.

Es en estas dos zonas donde el renacer de una forma de vivir más libre se dio en los años sesenta. Es aquí donde vivían y visitaban los pueblos los artistas, los fotógrafos sobre todo que fueron los que nos han transmitido un movimiento que por mucho que cada cual le invente un nombre no fue más que la punta del iceberg que mostraba el hartazgo en el que estaba sumida la población. Tanto en una zona como en otra se abrieron no sólo bares y terrazas, sino galerías de arte, y tertulias improvisadas en las playas y bajo los toldos donde los arquitectos, los editores, los escritores, pintores músicos, y hasta los oficios de nuevo cuño y más a la moda, como las modelos y los grafistas, hablaban, comparaban y debatían, y se daban noticias de lo que estaba ocurriendo en todo el mundo, atentos todos a las nuevas formas populares de expresión que veíamos en bailes, juergas, conciertos improvisados.

El resurgimiento cultural, popular, también tenía sus raíces como ya he dicho en el anhelo de comenzar un nuevo camino que nos alejara de la sordidez anterior, como un ansia por respirar y dejar salir lo que llevábamos dentro, tan encorsetado por la posguerra que explotó en distintos fuegos de artificio. Éramos conscientes de nuestro antifranquismo, no sólo los que tenían sus ideas al respecto, personas comprometidas con la política, la recuperación de las libertades fundamentales, la crítica a la dictadura, sino también todos aquellos que comprendieron que el régimen era una cárcel para los que le estaban en contra pero también y de una manera tan ominosa aunque no tan traumática, para la población entera que tal vez por una cuestión generacional y por lo mismo, por haber perdido o haber comenzado a perder el miedo, se volvieron también furibundamente antifranquistas. Es cierto que, exceptuando los que desde siempre habían estado comprometidos en la lucha clandestina, no hubo manifestaciones demasiado evidentes de esta actitud creciente contra el régimen, porque el miedo de tantos años había hecho mella en la población y los caminos que se eligieron fueron los de la música, la vestimenta, la cultura, el baile y la relajación, hasta lo posible, de las costumbres. La protesta más clara, fue llegando a medida que se tomaba fuerza y coraje y la represalia fue también elocuente en los últimos años con las penas de muerte que marcaron el fin del dictador.

Pero había más, tanto en el norte de la Costa Brava como en el sur, comenzaron a llegar, atraídos también quien sabe si por su paisaje y por su luz, o por ver de cerca el tímido renacimiento de las conciencias, una serie de grandes autores, cineastas, arquitectos, músicos extranjeros que ayudaron a abrir puertas y ventanas a lo que estaba ocurriendo en el mundo. Por ellas entraron los nuevos aires de libertad, distintos de los nuestros porque tenían otro origen, pero se fundieron también sobre todo en estas playas y los montes cercanos donde hombres y mujeres estaban abiertos a cualquier viento de renovación. "Haz la paz, no la guerra" se convirtió en un lema que movilizó las conciencias ansiosas de demostrar su visión contraria a un mundo con el que no estaban conformes.

Estos dos grandes polos de atracción de la Costa Brava tuvieron elementos distintos y consecuencias también dispares. Playa de Aro, aquella inmensa playa que yo había conocido casi desierta, se cubrió de rascacielos, hoteles, restaurantes y comercios que ofrecían singulares formas de vestir y de aparecer, de cantar y de bailar. Y en consecuencia un cambio en la vida y las costumbres que rápidamente se extendió a otros lugares de las playas de Cataluña y de España. Fue un cambio sobre todo musical, fue la entrada del rock y de sus héroes, fue la forma de bailar en los podios de las muchachas iluminadas en sus jaulas de cristal, fue el atreverse a bailar solo o sola, fue en resumen un intento de libertad aunque estuviera limitado por las paredes de de las discotecas Madox, Revolution, Arboleda, Tiffani's o Paladium. Hubo también otra renovación, la del flamenco que en los espléndidos bailarines Antonio Gades y Cristina Hoyos que permanecieron durante dos veranos enteros en Playa de Aro, dieron paso a una renovación que venía a sustituir el flamenco oficial del franquismo por la recuperación de un canto y un baile originales, que tenían en cuenta la tradición y que pasando por alto la oficialidad, redescubrían nuevos caminos del arte. La respuesta fue fulgurante y aquella libertad limitada a las noches que cada vez comenzaban más tarde y en consecuencia cada vez acababan más cerca del alba, se extendió a los horarios de la población flotante y cambió los programas de playa, de paseo, de compras, en definitiva, vino a cambiar la vida de las vacaciones y con ella la vida de las ciudades y de los pueblos. Las playas estaban desiertas a primera hora a excepción de unos cuantos niños con sus madres, pero el grueso de la población, los alegres juerguistas de la noche que eran los que animaban los chiringuitos, llegaban tarde y con aire resacoso a horas tan tardía que muchas veces se mezclaban con los pescadores, ya devueltos a la playa o al puerto con sus grandes barcazas, o con los que se dedicaban a remendar las redes esparcidas por la playa marcando los caminos del quehacer. Llegaban pues los más jóvenes con sus nuevas indumentarias y sus inmensas gafas oscuras que contrastaban con las aún vigentes de las familias o de los pescadores, o de los vendedores que cantaban los precios de los pescados en las lonjas, y aliviaban el cansancio con sus bloody Mary, una bebida que había venido a solazar las noches de vino y rosas, del mismo modo que el coñac con sifón iba siendo sustituido en la noche por el gin and tonic, el whisky, o el vodka, grandes desconocidos hasta aquel momento.

Finezas quieren finezas, dice el refrán, pero también divertimento llama a divertimento. Y poco a poco, atraídos por el eco de tanta diversión y tanto rompimiento, llegaron los ricos de las ciudades a comprarse sus masías para estar cerca del ámbito del jolgorio y los menos pudientes un apartamento cerca del mar que les permitiera verlo y disfrutarlo, tomar el sol, acercarse a las calles iluminadas y atestadas del centro y perderse una noche a la sombra de aquellos chicos y chicas que ya tenían algo de desafiante para lo que eran los tiempos, aunque no haya sido comprendido muchas veces por los que llevaban años en la lucha contra la dictadura, o por los moralistas que llegaron más tarde. Porque el cambio, para ser eficaz, para calar en la sociedad, tiene que venir de todas partes y lo que se estaba dirimiendo en esta parte de la costa era una verdadera renovación cultural, sobre todo musical, el mérito de la cual es en buena medida de aquellos promotores que supieron darse cuenta de lo que la gente pedía, y bien adoctrinados por la música que se había en el mundo fueron capaces de presentar un nuevo modo de entenderla, un nuevo camino para seguirla, una nueva forma de ponernos finalmente al día con lo que nos venía de lejos y en consecuencia con lo que nos inspiraba más que lo mortecino a lo que nos habían acostumbrado y que muy subrepticiamente comenzábamos ya a componer y a oír.

Fue más o menos también por aquellos años cuando se comenzaron a renovar las viejas masías, depauperadas por decenios de descuido y pobreza, y se volvió a pensar en la reconstrucción de los grandes monumentos románicos y góticos que en versiones más o menos humildes se encuentran en estas tierras. Es cierto que en algunas remodelaciones se abusó de las ruedas de carro, de los cántaros, de un amor por lo pretérito que galvanizó las aspiraciones de renovación arquitectónica de muchos amantes del arte, sobre todo los influidos por las nuevas corrientes de arquitectura moderna que se respiraban en Barcelona, pero en general se salvó de la quema a bellísimas moradas rurales de los siglos XIV a XIX que de otro modo habrían sucumbido como iban sucumbiendo muchas de ellas, cuyas ruinas veíamos en las esquinas de las carreteras, derruidos los muros por la constancia del descuido y de las tormentas, hundidos los techos, abandonados los campos, convertidos sus interiores tantas veces en estercoleros y gallineros improvisados. Pero si bien es cierto que esta fue una de las mejores consecuencias del alza del territorio en la mente del turismo, de la juventud y de los poderosos, también lo es que supuso la entrada masiva de los especuladores, cajas y bancos incluidos, que atisbaban masías y campos, playas y riscos y buscaban argumentos con que excitar la presunción o la comodidad de vida de los lugareños comprándoles sus bienes para construir en ellos espeluznantes edificios de diez o doce plantas, horriblemente feos, de baratillo, con terrazas como ojos de nichos de cementerio, que ni tenían la más mínima tradición arquitectónica ni gozaban de una visión agradable, ni se armaban con el marchamo de la modernidad y que construidos sin tener en cuenta la tierra, la vegetación y el ambiente, ni siquiera el color, destrozaron el horizonte de los pueblos, ciudades y playas desde cualquier punto que se los mirara. Hoy todavía sigue la especulación que duró desde la entrada del turismo y se prolongó en la etapa franquista y en la que le sucedió, dando cuenta con ello los futuros gobiernos de su falta de sensibilidad que pasará a la historia del mal gusto y la malversación porque fueron más aficionados a llenarlos bolsillos de los especuladores y cubrir de carreteras los campos de la Costa que de salvaguardar su identidad, como si la identidad arquitectónica y paisajística no tuviera ninguna importancia y lo único que mereciera la pena para ello fuera conservar, reformar e imponer el idioma.

En este sentido Cadaqués, el polo norte, fue más misericordioso, seguramente porque el tipo de revulsión que allí se produjo tenía más que ver con la arquitectura que en el sur. Cadaqués no era una playa vacía como lo había sido Playa de Aro y tenía tradición arquitectónica enraizada en el pueblo. Casas con fulgores de modernismo ocupaban el centro de las pequeñas calas de la bahía, un pueblo con estructura urbana importante con la intención desde antiguo de construir la Riva, el camino que separaba el mar de las fachadas de las casas hasta entonces bañadas por el embate de las olas. Antes de que esto ocurriera ya Pepe Bofill Laurtí, que se había casado con una de las hijas del señor Colom, el propietario de la gran casa de las puntas, entre las playas del Pianc y del Ros, había construido a finales del siglo XIX una bella casa sobre el mar, rodeada de pinos, cuyos materiales y obreros al no haber todavía camino para llegar a ella eran trasladados al lugar cada día en barca. A finales de los años cincuenta el arquitecto Coderch había construido una vivienda unifamiliar de cuatro pisos para los Senillosa y hacia finales de la misma década Alfonso Milá y Federico Correa remodelaron una vieja casa de pueblo frente al mar en el Port Dugué, que supuso sin pretenderlo tal vez, una tipología que creó escuela y se repitió una y otra vez, y que debió de influir en los arquitectos municipales, lo cual en buena parte salvó al pueblo de la ominosa destrucción que tan tristemente famosa se ha hecho en otros lugares de la costa. Años más tarde, ya en plenos sesenta llegaron más arquitectos unos invitados a la fiesta anual que Federico Correa daba en su Casa de Port Dugué, la más original, divertida y concurrida de las innumerables fiestas y copas de aquellos infatigables veranos. Fiestas y copas en casas abiertas que producían siempre la sorpresa de un recién llegado que se acercaba atraído por sus amigos profesionales, o por el rumor de que en algún lugar recóndito con vistas al mar, a la luz de la luna, en las playas sembradas de barcos, nacía una noche en la que todo era posible. Con los arquitectos Oriol Bohigas, Roser Amador, Ricardo Bofill, Lluís Clotet u Oscar Tusquets y muchos más, vinieron sus mujeres y sus maridos, y una serie de colegas nacionales y extranjeros, como Peter Hadnen, o Franco Bombelli, diseñadores como Enric Satué o Toni Miserachs, editores como Beatriz de Moura, o el francés Fasquelle, escritores como Goytisolo y mucha otra gente a su alrededor, igual que las gaviotas siguen la estela de una barca. El entusiasmo en los continuos debates, el ansia inagotable de hacer y de conocer, la capacidad de convocatoria y la persistencia en la conversación sobre arte y arquitectura, lo mismo en la playa con el agua a la cintura que en las discotecas con la música atronando el cerebro, dieron a este amplio y abigarrado grupo de gente en Cadaqués una cohesión que habrían de continuar en Barcelona hasta bien entrada la década de los setenta.

En Cadaqués había además una estela de pintores que se había instalado allí desde los primeros años del siglo, cuando la pintura buscaba la luz de los horizontes y de los vientos para plasmarse en los lienzos, y tal vez por tradición, siguieron llegando cuando sus geometrías y sus arabescos ya no necesitaban más que de la luz interior que ilumina la inspiración y el recogimiento. Cadaqués ha sido desde siempre el paraíso de los pintores. La luz los atrae, y las sombras que proyectan unas casas sobre otras y todas juntas sobre el agua, a veces tan inmóvil, se reflejan en la oscuridad insondable del mar con la misma precisión con que aparecen en la primera luz de una mañana clara azotada por la tramontana. Prim, Marsans, Aguilar Moré, J.J. Tharrats o Rafa Durán entre muchos otros.
También Dalí, cuyo prestigio no había llegado aún a las masas y no estaba tanto en olor de multitd como estaría más adelante cuando el público comenzó a preferir el personaje a su obra y los autocares iban a Port Lligat para verlo aparecer un instante entre los olivos del jardín.

Es natural pues que surgieran en aquellos años sesenta y setenta innumerables galerías de arte que venían a sumarse a las fiestas y los cocktails que se organizaban en las casas primero de los extranjeros que nos enseñaros a tomar copas de pie durante horas y enseguida de los locales que aprendieron rápido, como se prendió también con rapidez la organización de fiestas en locales nocturnos o en la playa, mientras los cesteros aprovechaban la última luz de la tarde para acabar una mercancía que comenzaba a valorarse más que la del mero uso doméstico que había tenido hasta entonces, y algunos osados se adentraban en el mar aprovechando la llegada de la oscuridad de la noche para iniciar los baños desnudos que tanto trabajo daban a la guardia civil ansiosa porque su ronda no fuera del todo desaprovechada.

Pero también había locales en Cadaqués como en Playa de Aro aunque de otro estilo, locales nocturnos que reunieron a los veraneantes y visitantes de siempre, con los nuevos turistas y viajeros, con los artistas, si bien el aire de renovación, al contrario que en las latitudes del sur, se limitaron más a la decoración, a la reunión, a la conversación, en un estilo que más tarde hizo famoso el Boccaccio de Barcelona. La Frontera y el Hostal fueron durante mucho tiempo los únicos locales, locos y extravagantes si se los comparaba con otros intentos de la misma costa que no proliferaron, pero que a los que en pocos años fueron sustituidos por otros bares con música estridente, Les Arrels en lo alto del monte, o el Porrón, los Naufragées, y finalmente el Bistrot en el Portal, pero sobre todo. Cadaqués se había llenado de restaurantes: la Galiota, el Baluart o el chiringuito de Pío de la plaza, que hicieron la competencia a la Fonda Behí, Ubaldo o Casa Aniceto, los únicos hasta entonces que daba cama y comida a los viajeros.

Eran, quien lo dudaría, los tiempos del cambio donde se solapaban imágenes de décadas anteriores con efluvios de lo que se estaba cociendo en la sociedad. Y los dos tipos de progreso que se dieron en estas tierras de la Costa Brava fueron dos caminos, no tan distintos de todos modos, para lograr un mismo objetivo. Caminos que recogieron los fotógrafos, imprescindibles para la memoria histórica que hoy recuperamos y que tendremos que recuperar durante mucho tiempo más todavía para conocer un fenómeno al que no se le ha dado demasiada importancia pero que está en el germen de lo que somos hoy en día. De haber ocurrido esta circunstancia en otro país y haber tenido la suerte de que los objetivos de fotógrafos tan constantes en su atención, tan partidarios de la investigación que no cesa, tan sensibles como para ajustarse a la sensibilidad de sus máquinas y discernir donde estaba el prodigio, donde la vulneración, la imitación o la manipulación del verdadero cambio, en Gran Bretaña, por ejemplo, habría cientos de libros analizando el fenómeno y esta bienaventurada época había pasado a los anales de lo que puso en la Historia uno de sus mayores disparaderos para alcanzar metas que unos años antes habrían parecido despropósitos.

Pero es cierto también que entre tanto progreso, tanto afán de libertad, tanto cambio de costumbres, se mantenían procesos tan anticuados que lograron llamar la atención de los que buscaban lo original y extraño. Recuerdo por ejemplo la falta de agua que obligaba a las gentes a ir a la fuente, salada pero no tanto como la del agua que llegaba en las casas, y que para solucionar el problema, al Alcalde se le ocurrió hacer venir todos los días un barco de Sant Pere Pescador cargado de agua que pintado de rojo y azul y con el poderoso traqueteo de su motor llegaba al puerto al amanecer, y mientras echaba el ancla llamaba el alarido de la sirena al pescador que vivía en la montaña para que se presentara y ayudara a hacer la maniobra. Una maniobra difícil al parecer que tenía por objeto entregar muchos metros de tubo hasta la costa para que el agua fuera a parar a las cisternas y depósitos que habrían de suministrarla al pueblo. Sólo así se podía lavar la ropa con agua dulce. Pero no era la única extravagancia, porque como vivíamos con una fuerza de electricidad demasiado baja para la cantidad de bombillas que se estaban utilizando en el pueblo, la luz por las noches era mortecina y apagada, y daba al paseo un aire de misterio y ensoñación que no hacía sino aumentar la belleza del entorno, pero para el hielo era una dificultad porque no había nevera que tuviera capacidad para fabricar el hielo, y había que ir cada dos días a la entrada del pueblo donde llevaba un camión cargado de barras envueltas en sacos de yute o esparto que rompían según la medida solicitada con una escarpa que hacía rechinar los dientes. O el carrito con música de rollos con el caballo protegido del sol con un sombrero de paja que le dejaba las orejas al descubierto, o el alguacil que trompeta en mano anunciaba los bandos del Ayuntamiento cuando esta práctica incluso para los nacionales había pasado a la historia.

Era también evidente la mezcla de personas de todos los estamentos, lo que suponía una verdadera novedad. Hasta entonces, si mal no recuerdo y creo que no recuerdo mal, cada franja de la sociedad tenía sus puntos de encuentro, los burgueses en los casinos, la clase media en los bares de la playa, los muchachos que iban a ligar que comenzaron a surgir cuando llegaron las primeras turistas, dando rondas por las rocas para sus descubrimientos y/o resultados y los niños correteando por la calle. Fue entonces cuando en cada local, en cada bar o restaurante comenzó a exhibirse el testimonio de esta diversidad que ya no escondía sus diferencias y había a todas horas una muestra de ello para quien la quisiera ver que estaba obligado a hacer un esfuerzo porque de tan natural ya nadie la notaba. En el Maritim, por ejemplo, y en los bares de las playas de la costa de Calella se juntaban todos. Y en las fiestas del pueblo, los sábados por la tarde, cuando tocaban las sardianas en las plazas podían verse sofisticadas turistas de la mano de los sardanistas más tradicionales y los jóvenes autóctonos, que también bailaban, buscando entre ellas la mujer que más les gustabas para colarse entre una pareja, agarrar sin titubeos las manos de uno y otra y seguir el paso con atención y regocijo. Y lo mismo ocurría por las noches, y a la hora del baño y cuando se terciara, viniendo a cumplirse el anuncio de una diversidad a la que ya nunca podríamos escapar ni renegar de ella.

Poco a poco comenzaron a surgir embarcaciones de madera construidas por los últimos calafates de la costa y se acostumbraron los turistas y los veraneantes, no a ir solo a la pesca al amanecer como se había hecho siempre, sino a organizar comidas en playas lejanas a las que se iba en la barca de un amigo. Los picnics fueron también un elemento de unión de gentes diversas, porque cada cual se sumaba a la barca que salía y era fácil encontrar en ella además de los amigos habituales, un editor francés, un cineasta holandés, un vagabundo disfrazado de play boy inglés o los sempiternos italianos que fueron los que más y con más fuerza se instalaron en la Costa. Se llevaba cantidades de vino, escalibada, arroz hervido y embutidos y se salía a navegar para descubrir los secretos que escondían las rocas y las cuevas de los alrededores, y una vez fondeados de nuevo o amarrada la barca a una roca de la playa dejando que la proa se clavara en los guijarros negros, venía el largo baño, la exploración de los fondos, la recogida de mejillones que después se hervirían al vapor en un fuego improvisado con maderas que habían dejado las olas y las tormentas, y tras el baño, una vez se había acabado la comida, se sesteaba al sol, o se rasgueaba la guitarra resguardados durmientes y cantores por los muros de rocas , ajenos a que el viento se levantaba mar afuera y la vuelta podría ser azarosa, como era casi siempre, con olas encrespadas o empujados por la brutal corriente del viento, envueltos en impermeables amarillos y ateridos por el frío de los golpes de mar. Y al llegar al embarcadero había que llamar a los invitados para que no dejaran solos a los propietarios en la descarga de todo lo que hacía falta para la comida y la posible pesca, porque era tarde, el sol se había escondido tras los montes y apetecía una ducha caliente aunque fuera de agua salada, y porque ya esperaba una fiesta en cualquier rincón de la geografía del pueblo.

Otro de los aspectos más curiosos de aquellos años era la indiferencia que todos mostraban por el éxito, por los famosos. Había en la costa famosos mundiales que no despertaban el más mínimo interés. Venían directores de cine a rodar sus películas sobre libros que se habían escrito en aquellos lugares, con sus actores, autores y sus ayudantes de dirección, como Henry François Rey, el de Los pianos mecánicos, Juan Antonio Bardem, Kirg Douglas o Melina Mercoury. Truman Capote fue a Playa de Aro y Marcel Duchamp pasaba los veranos en Cadaqués. Ambos paseaban tranquilamente por la calle, se sentaban en los bares o jugaban al ajedrez con los nativos o los foráneos sin tener a su alrededor grupos de gente pidiéndoles autógrafos o quedándose embobados ante aquellos monumento a la inspiración y a la creación. Ni siquiera había multitudes junto a la casa de Dalí en Port Lligat ni la insólita pareja que se dejaba ver de vez en cuando atraía miradas ni más interés que un acontecimiento ya visto. En Cadaqués provocaba muy poca curiosidad. La gente del pueblo, aunque se presentara con una tortilla a la francesa en el bolsillo de la chaqueta o con un loro en la espada, no le hacía demasiado caso por más que fijara la vista como una lechuza. Tal vez porque habían conocido a su padre y a sus tías, vecinos de Figueres que habían veraneado siempre en la playa de El Llané, se lo juzgaba con la misma conmiseración que a un chico del pueblo un poco extravagante que por una de aquellas casualidades hubiera ido a parar a la ciudad y hubiera triunfado. A veces, iba a tomar una copa a la terraza del Hostal, el magnífico local creado por Pierre Lotier a mediados de los sesenta, pero aunque se sentara a la mesa de unos recién llegados, tampoco se le daba importancia, demasiado ocupados los asistentes en las jam sessions que se formaban a menudo alrededor del pintor Rafa Durán, Fede Montagud, el pediatra Claret y muchos otros, o apasionados en exaltadas discusiones sobre arte moderno tal vez, y tal vez sobre la pintura del mismo Dalí, pero en un ambiente en que la presencia de Marcel Duchamp, Man Ray, Max Ernst o Mary Callery eran tan habituales, parecía de lo más natural que Dalí estuviera allí, sentado a la mesa contigua, siempre junto a su secretario que unas veces llevaba pistola en el tobillo y otras un leopardo en los brazos, tres o cuatro chicas tan guapas y atractivas que no parecían reales y unos cuantos mozalbetes del pueblo que él llamaba ayudantes y que lo seguían por doquier en busca de trabajo, supongo. A veces, desde la terraza de su casa que se asomaba a Port Lligat nos llamaba cuando amarrábamos la barca, o se detenía en hablar desde lo alto con algún turista que debía parecerle interesante. Iba gente a verlo, por supuesto, cuando daba una fiesta entre los pasillos umbrosos de su torturada casa cargados de huevos blancos descomunales, veíamos sus juegos de espejos donde se instalaban sus hermosas modelos o nos mostraba una oreja gigante que no lograba tampoco asombrarnos demasiado. A veces hablaba como dejando a un lado el espectáculo al que era tan aficionado y entonces, por un momento, surgía la atención y sabíamos que nos encontrábamos frente a una mente privilegiada que tenía mucho que decir, sobre todo que dibujar. Pero el éxito de público como lo entendemos ahora, no lo vivió Dalí en aquellos años ni ninguno de los demás artistas de aquella costa hasta que la televisión convirtió el público en fans la mayoría de ellos sin tomarse la molestia en saber qué es lo que hacían, qué pretendían, cuáles eran los títulos, las inspiraciones, la mente y las apetencias de sus idolatrados famosos.

Pero sería injusto no hacer mención de la tierra en que todo esto sucedía igual que lo hemos hecho con el tiempo. La tierra y el mar, que han quedado prendidos de la retina de los fotógrafos y que nos darán para siempre la luz de aquellos paisajes no como los vemos ahora que tan fácil es llegar a ellos y acostumbrarse a ellos, sino con el áurea y la inocencia del descubrimiento de un mundo como lo vimos por primera vez y que nos dejó perplejos por la rotundidad de su consistencia estética, en el que como un milagro había comenzado a soplar el aire renovador de una edad de oro, de una libertad anunciada aunque nunca hasta entonces imaginada. Belleza de plataformas en el monte, retenidas por paredes de piedra seca construidas hace siglos por quienes nos precedieron en un alarde de sabiduría que hasta hoy sólo ha sido ganada en fuerza por el desangelado cemento, rincones del paisaje que nos descubren vistas insólitas de lo que creíamos tener tan conocido, luces que caen sobre los tejados dorados marcando la historia de una comunidad que ha permanecido alejada de las luchas políticas de los últimos decenios protegida por altísimos montes que no conocieron caminos de paso hasta bien entrado el siglo XX, contrastes de animales, turistas, arcos de blanca fractura sobre calles empedradas que todavía conservan la roca que subyace a los adoquines o al asfalto negro que los ha sustituido, carros con vela y perro atado con seiscientos recién fabricados, o los mismos seiscientos presumiendo ante el citroen utilitario llamado cuatro por cuatro, o cuatro latas.

Eran contraste con el medio también los troncos que se mueven o se implantan en las rocas y las playas, blancos del fragor de las tormentas y erguidos en solitario como esculturas de Xavier Corberó que quisieran emular los nuevos gustos de la nueva estética moderna, playas de arenas doradas o piedras grises, escamosas y achatadas, resquicios de las batallas del mar que forman conjuntos de imágenes repetidas hasta el tenue batiente de las olas, copia tal vez de otras formas de creación artística igualmente aplaudidas por foráneos y nacionales. Y ¿qué decir de esos llauds con vela latina moviéndose airosos por la bahía que avistábamos desde el mar o desde el cabo lejano subidos a una roca tras los cuales se dibujaba el perfil de una iglesia blanca en la que se arracimaba un pueblo entero y que podía esconder uno de los más bellos retablos barrocos de esta costa? ¿Cómo agradecer que se nos haya transmitido el espectáculo sencillo de tantas callejuelas empinadas por las que mujeres en busca de curiosidades, como el cuadro que pinta un amateur sentado en su taburete, se cubre la cabeza con un periódico para que no le dé el sol, mientras a unos metros las extranjeras cuentan los minutos y las horas que les darán el bronceado al que tanto animan las cremas, las revistas, la moda? Y sin embargo no hay contraste mayor que el peso de las montañas de esta costa, negras en el norte o doradas en el sur, con sus árboles oscuros las unas, verdes de primavera las otras, cayendo sobre el mar con el sol radiante inundando el mundo que la vista alcanza hasta el horizonte, o en las noches de luna, convertidos los colores en sombras tachonados de rayos de luz frente al brillo intermitente del movimiento de las aguas: no hay oposición, no hay contraste, no hay diversidad que contenga tanta belleza, a no ser el contraste que produjo aquel inesperado cambio en nuestra forma de comportarnos montando lo que sería un mundo más moderno y más culto sobre otro que ya comenzaba a ser obsoleto por sus ideas, por sus miedos, y sobre todo porque de una forma vaga y misteriosa todos los que en él participamos y sabíamos que no teníamos salida.

Porque la Costa Brava que concitó tantas esperanzas y que tiene en su haber tan bellos pueblos a pesar de los destrozos de la construcción y del urbanismo desaforado de ediles sin preparación ni conciencia, sigue día tras día y año tras año azotada por la tramontana, el viento de mar que provoca en el visitante una mirada inusual de la realidad, una mirada más cercana, más precisa tal vez, una mirada en la que interviene con la misma intensidad el espíritu, la inteligencia y una sensibilidad con la que no siempre contamos y que tal vez por el color de la piedra, o por el viento azotando del revés, o por la luminosidad de los cielos, aflora en este lugar sin el menor esfuerzo de la conciencia. Tal vez éste sea el mayor mérito de los fotógrafos que nos han dejado este extraordinario y sentimental patrimonio, y el pensamiento más sincero y apasionado que se me ocurre después del recorrido desordenado que acabo de hacer por las imágenes de aquellos bellos tiempos no totalmente desaparecidos pero sí ocultos tras los que les han sucedido que de ellos se desprendieron, es el de un gran deseo de que tengamos la sinceridad y el coraje para seguir buscando elementos que explican nuestra historia, que nos explican a nosotros como colectividad y como individuos de modo que el ejercicio de rememoración no sea simplemente el de recuperar un recuerdo bello pero exento de contenido y concatenaciones con otros hechos, sino que sea , como lo es aquí, una recuperación de nuestra memoria histórica.
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